En las vías romanas, cada 30 kilómetros aproximadamente, coincidiendo con una población o cerca de ella, había una mansio o lugar de parada, para que los viajeros pudieran pernoctar. Estos albergues contaban con un patio interior, establos, sala de comidas, habitaciones para los huéspedes e incluso termas para el baño y reposo.
Los establecimientos atraían a sus clientes con anuncios como el que se ha conservado en un albergue de Lyon:
Aquí Mercurio promete ganancias. Apolo la salud. Septumano, hospedaje con comida. Quien venga se encontrará bien. Mira, huésped, dónde vas a quedarte.
Para mejor ejemplo, coloco aquí una lápida funeraria de un tal Lucius Calidius Eroticus, en el que se registra un curioso diálogo entre el hospedero y un cliente:
El dialogo que la lápida presenta es:
Posadero, hagamos la cuente. – Tienes un sextario de vino y pan por un as, por el guiso dos ases. -De acuerdo. -Por la chica ocho ases. -También de acuerdo. -Por el heno para el mulo, dos ases. -Este mulo me arruinará.
Otra opción para los viajeros era hospedarse en casa de amigos y familiares, algo a veces más conveniente dada la mala reputación de algunos albergues.











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