Tradicionalmente, estos sucesos han sido interpretados y descritos como el último capítulo de la historia del Imperio Romano de Occidente, con el que cae el telón de la Antigüedad y se abre el de la Edad Media.
En aquellos días, sin embargo, pocos verían en estos hechos el final de un Imperio que ya había superado el milenio y parecía destinado a perdurar para siempre como la Roma eterna. Más bien debieron considerarlo como un nuevo episodio en la larga y turbulenta secuencia de golpes de mmano e intentos de usurpación protagonizados por miembros de la aristrocracia senatorial, altos funcionarios imperiales y jefes del ejército, algunos romanos, pero la mayoría bárbaros.
La ambición de un Patricio Romano
Los sucesos de 476 giran en torno a la figura de Rómulo Augusto. Sin embargo, él no es el personaje principal de este pequeño drama, sino tan sólo una víctima involuntaria de las decisiones de otros: en primer lugar, Orestes y Odoacro; algo más lejos, en Constantinopla y manejando los hilos del juego, Zenón, el emperador de Oriente; en la sombra, condenado a la inacción, el depuesto emperador de occidente, Julio Nepote.
Las crónicas nos presentan a Rómulo Augusto como hijo de Orestes, un noble romano afincado en Panonia (Hungría), una zona en que desde la década de 430 había desaparecido toda autoridad imperial. La familia de Orestes, como tantas otras nobles en diferentes zonas del Imperio ahora Abajo control bárbaro, tuvo que adaptarse a las circunstancias poniendóse al servicio de los nuevos gobernantes. Así, entre 449 y 452, Orestes se unióal séquito del huno Atila. Le sirvió como secretario y como embajador, y en dos ocasiones fue enviado a la corte imperial de Constantinopla en misiones de relativa importancia. La presencia de Orestes en éstas delegaciones, respondía, más que a su dominio de lenguas clásicas o a la confianza que en él depositaba el líder huno Atila, a la utilidad de su red de contactos tanto en Constantinopla como en Italia.
A la muerte de Atila, en el año 453, Oreste buscó fortuna en el Imperio romano de Occidente, donde desarrolló una éxitosa carrera. Veintidós años después, en el 475, recibía del emperador Julio Nepote la codiciada dignidad de patricio, el más preciado honor que se podía conceder a un noble, así como el nombramiento de general de las tropas imperiales destinadas a contener los ataques visigodos y burgundios en el sur de la Galia.
Sin embargo, en lugar de cumplir las órdenes recibidas, Orestes se rebeló y marchó contra Julio Nepote. El emperador, puesto sobre aviso, dejó Ravena en agosto de 475 y huyó por mar a Salona, en Dalmacia (Croacia), deónde tenía la base de su poder. Dos meses más tarde, el 31 de octubre, Rómulo Augusto era proclamado en Ravena empreador de la parte occidental del Imperio Romano. Como era de esperar, Orestes se constituyó en el “hombre fuerte” del nuevo gobierno imperial, y asumió y ejerció el poder en nombre de su hijo durante los escasos diez meses que duró su mandato.
Pero Orestes apenas tuvo tiempo de gustas las mieles del poder. En el verano de 476, hubo de hacer frente a una rebelión de su ejército: los soldados le reclamaban la concesión de la tertia, ésto es, un tercio de las tierras de labor, para asentarse en ellas como propietarios de pleno derecho. Ya se había hecho anteriormente en otras provincias, pero en suelo itálico esta demanda resultaba inaceptable, por lo que Orestes no le quedó más remedio que rechazarla. Las tropas amotinadas escogieron como líder a Odoacro, a quien otorgaron el títulpo de rex. Lo demás es conocido: la conquista de Ticino y la ejecución de Rómulo en Placentia.
La figura de Odoacro se ofrece a nuestros ojos con un perfil más nítido y preciso. Era hijo de un noble huno, Edeco, comandante de uno de los ejércitos de Atila y hombre de confianza del rey. Curiosamente fue a Edeco a quien Atila envió a Constantinopla en compañía de Orestes, su secretario romano, en la primavera de 449. Pero a la muerte del rey huno siguieron tiempos díficiles, hasta que en 469 Edeco, al frente de un contingente de guerreros escirios, murió en un choque contra los visigodos.
Sus hijos corrieron mejor suerte. Dos de ellos, Armato y Ornulfo, prosperaron como soldados al servicio de Constantinopla, y alcanzaron el rango de magister militum. Odoacro, por su parte, se dirigió hacia el oeste, donde, tras algunas correrías en el sur de la Galia, entró al servicio del éjercito imperial en Italia. Al frente de las mismas tropas encabezó la revuelta del año 476 que acabó con la destitución de Rómulo Augusto y puso en sus manos el gobierno de hecho de toda Italia.
A partir de ese momento, todos los esfuerzos de Odoacro se encaminaron a legitimar su pocisión inédita en suelo itálico. Así, hizo que llevaran a Constantinopla la vestis regia (vestimenta real) y los ornamenta palatii (insignias del palacio), con lo que daba a entender que se sometía a la autoridad del emperador de Oriente, Zenón, al que consideraba único gobernante légitimo de todo el Imperio, a cambio pedíoa que se le concediera la dignidad de Patricio y se reconociera el derecho a gobernar Italia en calidad de único representante autorizado por el emperador.
El “pequeño Augusto”
Comprimida entre Orestes y Odoacro, esos dos aventureros de muy altos vuelos, la figura de Rómulo Augusto queda empequeñecida, difuminado. Fue una marioneta en manos de uno y de otro, un instrumento más de sus juegos de poder, útil por un breve espacio de tiempo y pronto expulsado del escenario, relegado al silencio y el olvido. Rómulo Augusto, es para nosotros, poco más que un nombre, una fecha y un puñado escaso de datos, algunos de los cuales resultan, además, confusos y de díficil interpretación.
Para empezar, el mismo nombre de Rómulo Augusto ha suscitado no pocas discusiones. El primer término se lo debía a su abuelo materno, el conde Rómulo, un aristrocrata italiano con una larga experiencia en asuntos de Estado a sus espaldas, que había sido embajador del general romano Aecioo ante el rey Atila. El segundo término, Augusto, debió añadirse tras su subida al trono; sus pocos años explican que se le denominase Augústulo, “pequeño Augusto”. El nombre, por lo demás, constituía toda una declaración de intenciones, ya que evocaba dos figuras del imaginario mítico e histórico de Roma: Rómulo, primer fundador de la ciudad, y Octavio Augusto, el forjador del Imperio. El hijo de Orestes se presentaba entonces como “heredero” y continuador de la tarea de sus predecesores, como renovador de Roma y de su vasto Imperio. La paradoja radica en que con Rómulo Augusto se acabaron los días de gloria y el orgullo de esa misma Roma. Además, nadie ignoraba que el joven emperador no era, a la postre, más que un usurpador, dado que el emperador legítimamente elegido seguía siendo Julio Nepote, quien, desde su refugio en Dalmacia, no dejaba de reclamar, en vano, la restitución de su trono.
Nada podemos decir de sus pocos meses en el trono imperial. A los cronistas antiguos y a los modernos no les interesa otra cosa que las circunstancias en que dio comienzo su reinado, y sobre todo, su final. No obstante, si a la explicación propuesta para el nombre del joven emperador unimos los datos sobre el origen de la rebelión militar que le llevó a su destitución, fácilmente se puede llegar a la conclusión de que la acciñon de gobierno, marcada y desarrollada por su padre Orestes, tendría como eje principal la defensa de los interesés itálicos, y muy en especial, los de las élites aristocráticas y administrativas del Imperio de Occidente.
El episodio de la destitución de Rómulo Augusto lleva aparejada una nota de incertidumbre: tras haber dado muerte a su padre y a su tío en el plazo de apenas una semana, Odoacro se limitó a privar al joven de su trono, apiadado, dicen las fuentes, de sus pocos años. En realidad, no sabemos si fue éste el motivo real de tal decisión. De hecho, la eliminación física del niño no habría supuesto un contratiempo importante en sus relaciones con el emperador de Constantinopla, Zenón, dado que éste fue únicamente reconocía como emperador de Occidente a Julio Nepote. Odoacro, sin embargo, debio considerar más conveniente mantrenerlo vivo y apartado en una hacienda imperial, junto a Nápoles, donde el muchacho estaría, a buen seguro, convenientemente vigilado y siempre a mano para cualquier eventualidad que pudiera presentarse.
En esta dirección apunta una noticia recogida por el historiador Malco de Filadelfia, en su Historia Bizantina: la embajada que llevó a Constantinopla las insignias del poder imperial y la petición de reconocimiento institucional de Odoacro que habría sido despachada por el Senado, extrañamente, a instancio del propio Rómulo Augusto; otros cronistas, en cambio, atribuyen la iniciativa a Odoacro. Por tanto, o bien Rómulo Augusto instó el envío de dicha comisión, pero obligado por Odoacro, lo que reforzaría la hipótesis de que no fue desposeído del trono, sino más bien “invitado” a abdicar.
Un fin poco glorioso
Privado del trono, Rómulo Augusto asumió la condición de ciudadano privado. Fue desterrado a un lugar llamado castellum Lucullanum, situado junto a la bahía de Nápoles. Se trataba, al parecer, de una gran finca de titularidad imperial que cumplía funciones administrativas y defensivas, además de residenciales. Se tienen noticias de que, por lo menos en la Antigüedad tardía, los oficiales más distinguidos de la corte imperial recibían villas en éste ligar como recomensa por los servicios prestados. Se trataba pues, de un exilio dorado. Para sobrellevarlo Rómulo Augusto recibió una asignación anial de 6.000 sólidos de oro, una suma muy respetable que le permitiría vivir de forma bastante acomodada en compaía de sus parientes más cercanos.
Tras esta noticia y la de la embajada senatorial enviada a la corte de Constantinopla, la figura de Rómulo Augusto se difumina y parece caer en el olvido, para reaparecer 34 años más tarde, de nuevo entre dudas e incertidumbres, en una misiva recogida por Casiodoro en sus cartas diversas datada en el año 510. En ella, el rey ostrogodo Teodorico, a la sazón de gobernante de Italia, confirmaba a un tal Rómulo la validez de una concesión hecha por su ministro Liberio. Dicha conseción, otorgada a éste Rómulo y a su madre, ha sido identificada con la renta estipulada por Odoacro en el año 476, renta que, por lo tanto, habría sido reconocida y ratificada por Teodorico tras su ascenso en el trono. Algún autor ha vinculado tal dispocisión de éstos fondos con la fundación, en el mismo entorno del castellum Lucullanum, de un monasterio donde fueron depositados los restos de san Severino, el apóstol de Nórico (actual Austria), con quien se relacionaron en su momento tanto Orestes como Odoacro.
De esta manera, entre los jirones de la niebla que pone ante nuestros ojos una documentación histórica demasiada parca y esquiva, se desvanece la figura de un emperador niño que fue víctima de los manejos y enredos de ambiciosos señores de guerra y “hacedores” de emperadores, en un Imperio romano que, sin saberlo, había entrado en una lenta pero inexorable metamorfosis, que iba a ser definitiva.
Para saber más: La caída del Imperio Romano. Peter J. Heather. La caída del Imperio Romano y el fin de la civilización. J.B. Ward-Perkins. Novela La última legión.








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