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Aunque Pselo no conoció al emperador Constantino VIII, transmitió vivamente su crueldad:
“Era débil de espíritu; al hacerse viejo y no poder combatir ya, se exasperaba con cualquier noticia de mal augurio; cuando los pueblos bárbaros que nos rodeaban se alzaban contra nosotros, los contenía con dignidades y presentes, mientras que a los súbditos que se le sublevaban les infligía terribles castigos: se sospechaba de alguien que era un rebelde o un sedicioso, lo castigaba antes de comprobarlo, de forma que se ganaba la sumisión de sus súbditos no por su benevolencia, sino mediante toda clase de terribles torturas: mudable era su ánimo como el que más; se dejaba vencer por su cólera; siempre estaba dispuesto a dar crédito a cualquier rumor; sobre todo sospechaba de los que aspiraban al imperio y por ello los castigaba duramente, pues no los mantenía de momento a raya exiliándolos o recluyéndolos, sino que les vaciaba enseguida los ojos con el hierro líquido.”
Pselo destaca además, la afición del soberano a los placeres de la mesa y de la cama, así como su desmedida afición por el juego. El balance de su reinado fue negativo: mantuvo permanentemente aterrorizada a la aristocracia con sus continuas sospechas, que llevaron a la muerte y mutilación de muchos inocentes.
Relato de Pselo tomado de: Cronografía (ed. esp.: Miguel Pselo, Vidas de los emperadores de Bizancio, Madrid: Ed. Gredos, 2005)