Hoy por la mañana observé la Sierra de Gredos, ésa que embellece el paisaje de Extremadura, y pinta en invierno, de blanco el panorama al norte, y que esconde el Valle del Jerte detrás. Recordé lo mucho que me impresionó la primera vez que la vi, cubierta de blanco, y sin fin hacia el oriente y el poniente, como testigo de miles de años de historia. Y hoy que ya me acostumbré, la veo como si nada.
Y es que hasta lo más sublime termina por parecernos “normal” cuando lo contemplamos todos los días.
Nuestros ojos no acaban de penetrar en las cosas, nuestra mirada es un poco superficial. Nos parece que conocemos todo porque lo hemos visto algunas veces, pero uno no termina de entrar en la verdad de lo que sus ojos ven si no se hace preguntas sobre lo que se intuye y si no busca las respuestas donde se puedan encontrar. Lo extraordinario no deja de serlo cuando nosotros lo dejamos de reconocer. Quizá si lo mirásemos desde otra perspectiva sería más fácil…








